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17 de noviembre de 2015

Los olvidados.

“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos. Elige la salud, colesterol bajo y seguros dentales. Elige pagar hipotecas a interés fijo.” (Trainspotting, Danny Boyle, 1996).

Este es el futuro que nos venden desde que somos pequeños, pero ¿qué tenemos que hacer hasta llegar ahí?

Por desgracia la vida no es tan bonita ni fácil como la pintan en las películas o como nos la venden nuestros padres cuando somos pequeños ya que para llegar ahí vas a tener que hacerle la pelota a tus profesores, vas a tener que arrastraste tras tu jefe para que te renueve el contrato, si, ese contrato basura que tienes firmado de becario en una empresa por un sueldo de miseria. Pero, ¿quién protege a estos trabajadores? ¿quién les ayuda a salir de ese ciclo precario? ¿los partidos socialdemócratas? No, ellos están demasiado ocupados tratando de llegar al poder. ¿Los sindicatos? Tampoco, ellos defienden los derechos de los trabajadores, así que olvídate, porque tú no eres un trabajador, estas en un nivel inferior.

Como dice David Rueda en su libro Social Democracy inside out, desde la década de los 70 han empezado a marcarse más las diferencias entre los trabajadores. Rueda los divide principalmente en dos categorías: los insiders, es decir, trabajadores que están dentro del mercado laboral, tienen cierta estabilidad y seguridad en su puesto de trabajo. Y por otro lado los outsiders, los que están fuera del mercado laboral, es decir, que no tienen estabilidad laboral o que directamente no tienen trabajo. Básicamente la diferencia radica en la vulnerabilidad que tiene cada categoría ante el desempleo.

Tanto los partidos socialdemócratas como los sindicatos han tendido a la representación y protección de los primeros, los insiders, mientras han dejado, salvo excepciones, a los outsiders abandonados, olvidados.

Pero, ¿por qué los han olvidado? ¿qué tienen los outsiders para que durante tantos años nadie se haya preocupado de ellos?

Aunque no es una traducción literal, los outsiders son personas en situación de desempleo involuntario o con trabajos precarios, es decir, personas con trabajos con unos bajos niveles de protección y derechos laborales, con bajos salarios. También son personas con contratos temporales que van saltando de puesto de trabajo en puesto de trabajo, o personas que tienen trabajos a tiempo parcial involuntariamente. Y la forma más actual de formar parte de los olvidados y del club de los precarios son los contratos de formación, es decir, el camuflaje de puestos de trabajo bajo un contrato, donde tú en teoría tienes que estar recibiendo una formación para tu futuro, pero en realidad estas cubriendo un puesto de trabajo prácticamente gratis y sin ningún tipo de derecho laboral.

Los sectores más vulnerables a formar parte de los outsiders son los jóvenes y las personas mayores de 50 años, pero transversalmente está también la diferencia de género. Si eres mujer sufres todavía más vulnerabilidad.

El problema de la precariedad es que es muy difícil de articular, de conseguir algún cambio por la propia esencia de los outsiders.

Por ejemplo, los sindicatos suelen organizarse por secciones, pero si eres una persona que cada 6 meses está cambiando de trabajo, por mucho que estés afiliado a un sindicato, no van a poder ayudarte. ¿Qué vas a estar, 6 meses en la sección de la metalurgia, luego pasas otros 6 meses en la sección de la educación y así consecutivamente? De esta manera la propia estructura sindical cierra la puerta a los precarios.

Por otro lado, también es muy difícil que los propios precarios se organicen en sus puestos de trabajos temporales, ya que si una empresa tiene que cubrir 5 puestos de trabajo y los cubre con becarios, los va a ir cambiando cada cierto periodo de tiempo. Lo que esa volatilidad va ha hacer es que sea muy difícil la organización de esas personas, y si lo consiguen, simplemente con que la empresa despida a los cinco y contrate cinco nuevos, acaba con su organización.

También los propios precarios tienen la esperanza de que en algún momento llegarán a ser insiders. Con la promesa de las empresas de que en el futuro tendrán su esperado contrato como trabajador, cierran más puertas todavía a una posible organización, ya que no son conscientes de esa situación que ellos quieren creer que es temporal. Quieren creer que cuando entran de becarios solo estarán 6 meses y que después les harán un contrato real, por lo que mientras, se esfuerzan todo lo que pueden para poder conseguir ese puesto de trabajo tan cotizado hoy en día, que en sí mismo no es malo. Lo que es malo es que en esa situación de prueba constante, y ante la premisa de que sí lo haces bien tendrás tú contrato, llegamos al límite de hacer todo lo que nos digan o nos manden solo por demostrarles que seremos buenos trabajadores.

Un problema más de los becarios es que tienen que luchar contra viento y marea, no tienen nada a su favor. Está la propia empresa que los usa como mano de obra barata, y están sus “compañeros” de trabajo a los que irónicamente les vienen bien también estos becarios, ya que así les quitan trabajo de encima y probablemente el trabajo más sucio de la empresa.

Por último, y rozando el límite de la locura en la precariedad están los voluntarios. Desde fuera a muchas de esas personas que están en algunas empresas u ONGs de voluntariado las vemos como unas maravillosas personas con un gran corazón y con muchas ganas de ayudar a los más necesitados, y nada más lejos de la realidad. Muchas de ellas son así, pero también existe el lado oscuro y precario de los voluntarios. Son personas que por su propia formación están preparadas para trabajar en el tercer sector, pero ciertas empresas, principalmente ONGs, les fomentan que estén de voluntarios uno o dos años y así ganar experiencia en su sector para luego poder encontrar ese maravilloso puesto de trabajo que están buscando, cosa que en muchos casos no sucede porque finalmente son sustituidos por nuevos voluntarios con sus mismas esperanzas.
Lo más turbio de esta situación es que para desarrollar este voluntariado, que puede llegar a durar hasta los tres años, te pidan una formación específica como psicólogo, trabajador social, educador social etc. que acaban nuevamente cubriendo puestos de trabajo sin contratos ni derechos.

¿Quién se acuerda de estas personas? ¿Quién hace algo por ellos? ¿Cómo vas a poder ayudar a trabajadores que directamente no tienen ni la propia consideración legal de trabajador?

Estas personas han sido olvidadas por los partidos socialdemocracias, los mismos que crearon los trabajos temporales. Han sido olvidados por los sindicatos que defienden a los trabajadores, pero no a los que ocupan este tipo de trabajos que no están reconocidos. Pero también han sido olvidados por ellos mismos, porque antes que reivindicar sus derechos prefieren pasar por el aro temporalmente para conseguir ese trabajo. El problema es que muchas veces esta precariedad se vuelve crónica y acabas encadenando contratos precarios sin ninguna visión de futuro. Y al final no tienes vida, no tienes empleo, tampoco ese televisor grande que te cagas, ni el coche, ni la casa, ni la familia.

Olvidados por todos, reconocidos por nadie.



Escrito por Daniel N.S.

18 de diciembre de 2014

Crónicas de una revolución no convocada II

II: Ser libre

Dos veces tengo que ser libre de las muy poquitas veces que soy. Supongo que tengo que serlo por la gran popularidad de la que goza la libertad. Tantos llenándose la boca con ella, algo tendrá. Esa intuición vuelve, y pienso que es hora de que yo me haga libre también.

Hay libertad, primero, en uno mismo. O al menos ahí es donde primero hay que pelearla. Existe, efectivamente, una pelea por su existencia. Numerosos filósofos, en un momento de diversión y superioridad intelectual, se han sentido muy reconfortados diciendo que la libertad no existe. Y dicen que no hay tal libertad, que solo actuamos decidiendo aquello que las circunstancias nos encaminan a elegir. No he elegido estudiar periodismo, es solo que no había otro camino posible. Numerosos estudios hablan ya de que aquello de la libertad es un cuento. Dicen que diez segundos antes de que te decidas a hacer algo, tu cerebro ya ha elegido por ti, dejando la palabra libertad relegada a la categoría de las palabras leyenda, palabras falsas, para niños y crédulos. El cerebro, según, ya no forma parte de nosotros mismo, es nuestro carcelero invisible que por caridad o cinismo nos hace creer al mando. Qué poco respeto tiene la ciencia por nada, ni siquiera por preservar nuestros mitos, sino por no destruir nuestros faros. Sin libertad, tiene poco sentido incluso hacer un estudio sobre su inexistencia. Sin libertad, quizá solo seamos máquinas simpáticas hechas de un material suave. Hay también quien dice que estamos condenados a ser libres. Que quien elige obedecer a su jefe, a su dictador, a su líder o a su padre es el único responsable de su obediencia. La libertad, se dice, es lo único que nos diferencia de los animales, condenados a obedecer al instinto. No me parece menos idiota.

Pienso en mi perrita, que no deja de mirarnos, y puedo imaginar perfectamente en su cabeza la frase "caray, son mecánicos estos humanos". Mas no, resulta que somos inteligentes y que además tenemos sentimientos, estamos a años luz del resto de animales. Apenas nos ha condicionado nunca nada del exterior. Claro, cuando se empieza a desconfiar de esta clase de cosas, nos aventuramos al lado contrario, al de que si esto no es verdad, nada debe de serlo. Y así yo también llegué a pensar que quizá solo respondíamos a estímulos, que solo hacíamos lo que era previsible hacer. Así es la mayor parte del tiempo. Luego creí que solo podía ser libre si hacia lo contrario a lo que un estímulo invitaba. Pero qué terrible, no podría contar eso a nadie, pues si lo sabían el estímulo sería de ser libre, y, por tanto, inútil. Al final entendí que la libertad reside en las decisiones entre cosas por las que no deseas decidir. Si, en un caso de vida o muerte, solo pudieras salvar la vida a uno de tus padres, podríamos olvidar esas chorradas de que el cerebro decide por ti. Si tienes que elegir entre unos amigos u otros y obviamente no quieres renunciar a ninguno. Si tienes que elegir entre el donut de azúcar o el de chocolate y te gustan los dos. Son pocas, sí, pero existen veces en las que tenemos que ser libres mientras no nos acobardemos y dejemos la decisión al cara o cruz. Que tu cerebro intervenga no quiere decir que lo que hasta ahora has llamado voluntad haya desaparecido, ni que tu cerebro no sea parte de ti. Una vez discutida la libertad individual hay que pelear la otra, y hay que pelearla con todos los demás.


No obedecer. No cambiar del rey malo al rey bueno, sino no tener ninguno.No tener ni presidente regular ni jefe respetuoso. Ser libre es no tener ninguno de esos. Los ciudadanos libres no tienen que aceptar tener un presidente, o un rey, tienen que permitirlo. Y es que nuestro problema no es una nueva época precaria, ni un gobierno autoritario, nuestro problema es la obediencia. Yo no tengo por qué aceptar sin más la voluntad de aquellos cuyo poder nace de mi obediencia. Ser libre no quiere decir oponerse a todo, ni tampoco no permitir a nadie que te dirija, quiere decir dirigir al dirigente y decidir hasta cuándo lo es.

Ser libre no es decidir todo, como el color del cielo o la muerte de otros seres, es elegir todo lo que te corresponde. Tampoco es saber mucho, ni olvidarlo todo. El conocimiento es una guía para que los que son libres sean prósperos, pero no una condición. Cuantas más elecciones llevamos a cabo, más sabemos cuáles debemos omitir, menos tonterías elegimos. Ser dueño de tu tiempo. Ser dueño de lo que haces con él, no dárselo a ningún jefe  y no hacerlo depender de nada. Si el producto de tu trabajo no depende del dinero que puedas sacar de él, si no depende de la aprobación de un superior, si no depende más que de tu voluntad de hacerlo, es el trabajo de un hombre o mujer libre. El que tiene que ganar dinero para mantener una familia, como el que lo tiene que ganar para mantener unos lujos, no puede vincular trabajo y voluntad, por lo que no puede ser lo mismo. Los hombres y las mujeres libres hacen un trabajo diez veces mejor, diez veces más fuertes y diez veces más dedicado. Y más importante, solo ellos pueden ser felices, estando orgullosos de su trabajo, el de alguien que es libre.

Se me ha llenado el teclado de libertad, y quizá sea esto algo malo, repetir a la ligera palabras tan grandes. Claro que otras definiciones vendrán y no serán mejores o peores que la mía, no podrían. Es esta intuición común a todos los humanos de que la libertad es algo importante. Es lo que me hace pensar que, por si acaso, procure ser libre.

2 de diciembre de 2014

Crónicas de una revolución no convocada I


I: Mirarme en la máquina


Trabajando para la revolución me doy cuenta de que voy perdiendo. Entré aquí por pura intuición, por suponer que era donde debía estar. Esa intuición es la que me mantiene, a pesar de lo inútil que resulta intentar detener un río poniéndome en medio. Trabajando me he dado cuenta de que todos debemos aportar no solo nuestro granito de arena, sino nuestra piedra angular, nuestra virtud. Los escritores y literatos deben hacer suyo ese mandato moral y dar su parte a la lucha. Ellos no han aparecido aun, pero nosotros y nosotras sí estamos aquí, porque el enemigo necesita a todos en contra para ser derrotado.

El capitalismo, desagradablemente, trabaja en positivo. Construye desde la victoria, controlando los hilos, sabiendo cómo mantenernos a raya. Y está en todos lados, también en tu colegio, tu universidad o instituto. La universidad necesita dinero y se lo pide a gente que quiere sacar dinero de vuelta, introduciendo una lógica de beneficio, despidiendo a la del conocimiento. Nadie puede preocuparse de si la forma de enseñar es efectiva si tiene que preocuparse de cumplir unos estándares de calidad para recibir un sueldo al final del mes. Desagradablemente, el capitalismo se ha introducido en todos lados. En la comida que el marketing ha elegido por ti. En el teléfono que ha costado dos niños para recoger su coltán. En el agua que ahora es privada. En los hijos y en las hijas, que pelean herencias como si algo les hiciera olvidar que son hermanos. En un padre que no ve una persona en su hijo o hija, sino un proyecto de persona, un proyecto que necesita inversión para que produzca algo. Desagradablemente, ese algo nos tiene pensando que puede sernos útil y estamos ciegos, incómodos, pensando que lo que necesitamos es más de ese algo y no el calor de nuestros seres queridos y el desarrollo de nuestras almas. Necesitamos una revolución, sí, ¿pero cuál?

Las revoluciones, desafortunadamente, no requieren de ningún requisito. Las revoluciones pueden no ser justas. Las revoluciones pueden no tener al pueblo detrás, sino en frente. Las revoluciones pueden no ser feministas, ni respetuosas, ni democráticas, ni ruidosas y ni siquiera significar progreso. Las condiciones sirven para obtener un resultado concreto, pero no son necesarias para funcionar ¡Qué va! Una revolución puede hacer que la generación que viene viva en un mundo peor que el que lo crió, puede hacerla más precaria y puede lograr dejarla tan perpleja que no sepa reaccionar ante esa revolución. La revolución es impedirnos estudiar el conocimiento que necesitamos para que no nos impidan nada, la criminalización de la lucha por los derechos que es criminal arrebatarnos y la violencia con la que se contesta nuestra autodefensa.

Esa no es mi revolución, pero yo quiero una revolución. La mía debería estar en algún aula de la universidad, pero no la encuentro, porque no la han convocado. Resulta que la lucha la hago casi a solas, sin un objetivo claro en la cabeza, mirando y esperando que mis compañeros vean lo que nos están quitando. Finalmente, el movimiento estudiantil es una metáfora de una de sus muchas escenas.

Un alumno pregunta al profesor por la huelga de la que ha oído hablar para dentro de poco. El profesor, amablemente, le indica que no está convocada, que se lo han dicho desde el rectorado que no se ha llegado a acuerdo con el ministerio. La clase le oye, decepcionada, tampoco preocupada, porque resulta que no está convocada. Y allí, mirando desde el fondo, estoy yo asustado. Estoy pensando que los oprimidos nunca deberían pedir consejo al opresor sobre cómo liberarse. Pero, asustado, compruebo como no solo piden consejo, sino que acatan los mandatos. Ahora hay una forma de luchar por tus derechos, que te dicta aquel que te los quiere quitar. Estoy asustado porque todo parece tan normal, porque no todos puedan ver lo que estoy viendo. Lo segundo que más me asusta es que aún no sé cómo arreglarlo, porque he entendido lo primero que más me asusta: estoy dentro de la máquina que intento destruir, y que ella cuenta conmigo para funcionar. La máquina me ha tragado y ahora estoy mirando desde la máquina.

10 de abril de 2014

Amor y patriarcado. Crear desde la libertad.

Abrimos esta sección de opinión con un texto de Laura y Clara.




Llevo un tiempo reflexionando sobre la liberación frente al género, sobre la libertad de ser quién somos, sobre romper las cadenas y ser quién queramos ser, vivir la vida que elijamos. He estado revisando mi vida, mis ataduras, mi existencia sumisa: silencios, consentimientos, violaciones aprobadas, malos tratos excusados… todo asentimiento, comprensión, buena voluntad. No quiero jugar un papel de víctima aunque me haya sentido violada en numerosas ocasiones; también he jugado a ser el verdugo, a violar decisiones de otras personas y a imponer criterios personales. Pero desde que he empezado a quitarme esa venda de los ojos y a dejar de justificar las actitudes sexistas, mi vida ha cambiado drásticamente.
Es muy difícil apartar el sexismo, superarlo, reconstruirse desde la equidad. Desde que nacemos, las personas vivimos rodeadas de marcas de estereotipos de género: colores, juguetes, actividades, comentarios… pero incluso cuando queremos librarnos de esas marcas, estamos enjauladas por las palabras, la estética, por actitudes mucho más profundas, estilos de vida, sentimientos (donde la culpabilidad tiene un importante papel). De repente, comienzas a dudar entre hacer o no cosas que has hecho siempre y que te apetece seguir haciendo: si la haces, aunque sea porque quieres, eres culpable por seguir un estereotipo; si no la haces, eres culpable por no decidir libremente. He sentido que haga lo que haga, siempre tendré la culpa.
Entonces me pregunto, ¿culpable? ¿Culpable ante quién? ¿Quién te juzga? ¿Eres tú misma la juez? Creo que no está bien martirizarse a una misma. La culpabilidad puede llegar a ser más destructiva que constructiva, nos puede empequeñecer, quitarnos las ganas de crear y crecer… Quizá es más importante ser consciente de cómo estamos haciendo una reflexión, ¿estamos tomando conceptos y ataduras patriarcales? ¿Nos sentimos oprimidas? ¿Solo las mujeres o cualquier persona podría estarlo?
La estructura social limita las posibilidades vitales, eso está claro. Pero el trato con los demás también nos construye y nos ofrece nuevos caminos, nos permite divisar nuevos mundos que queramos abarcar. Por ello, creo que es más interesante quedarse con la parte creativa de la sociedad que con la limitadora, es decir, no echarnos más culpas por lo que hacemos autónomamente, si esto surge de una reflexión libre en la que hemos sido capaces de conjugar nuestros instintos e impulsos con nuestra racionalidad. ¿Culpabilizarnos de aquello que sentimos, de aquello impulsivo e instintivo? Una emoción o un sentimiento es una muestra de la vida en nosotros, no nos martiricemos ni los reprimamos; ahora bien, en la posterior reflexión acerca del mismo, sí podemos y debemos intentar ver de dónde procede, qué influencias sociales puede tener, si nos parecen o no adecuadas, en qué medida si lo hubiéramos manifestado en sociedad esto hubiera sido bueno para la colectividad…  Es decir, se trata de no martirizarnos por los límites que pueda ponernos la sociedad, ¿pues acaso podremos librarnos de ellos? No, la vida en sociedad es necesaria para el ser humano. Se trata de construir nuestros propios “límites”, es decir, la sociedad que queremos.
Así que poco a poco estos obstáculos patriarcales se van superando, con sinceridad, expresando los sentimientos, con cercanía, compartiendo vivencias, apoyándonos entre todas, uniéndonos entre personas, sin miedo a criticar actitudes dañinas, sin miedo a autodefendernos o a parar los pies a quien intente agredirnos.
Sin embargo, el día a día sigue, la vida no se frena aunque no te haya dado tiempo a “reconstruirte”. Las experiencias se suceden, los sentimientos van pasando. Sentimientos tan importantes como el Amor. Concretamente, hoy me gustaría hablar del enamoramiento. Sí, de la dulzura de conocer a alguien poco a poco. De los nervios ante una situación que se escapa de tus manos, mientras deseas que otras manos sean las que te acaricien. La ansiedad por escuchar su voz. El placer de lo desconocido, lo sensible que se torna la piel, lo rápido que late el corazón, lo lento que pasa el tiempo en su ausencia.
Sin previo aviso surge todo esto. Sin que puedas, y quizá ni debas, controlarlo. Aparece esa persona. Llega y entra. Se adentra en tu vida sin pedir permiso. Y aunque lo hiciera, se lo darías encantada.
¿Qué está pasando? ¿Dónde han quedado todas esas reflexiones sobre el amor romántico? ¿Dónde has dejado la crítica al mito, a la idealización, a la dependencia? ¿Olvidaste que querías ser libre? ¿Es posible ser una persona libre y enamorada a la vez?
No sé. De repente, esa persona se vuelve tan importante que parece casi imprescindible. La echas de menos. Quieres escucharla, verla, sentirla cerca. Parece que quisieras poseerla, quién sabe si controlarla. Me gustaría que sintiera lo mismo, lo que considero una forma de control. De repente, surgen deseos posesivos, formas sutiles de patriarcado mezcladas con algo que intenta parecerse al amor.
Es cierto que en muchos casos todos estos pensamientos pueden ser patriarcales, propios de una lógica sexista y del amor romántico, pero no siempre es posible generalizar. Precisamente porque estos sentimientos pueden venir de una persona, independientemente del género que se la haya asignado. La necesaria convivencia en sociedad impone formas de interacción que son limitativas. No es una imposición el querer algo. No has forzado a nadie, ni verbal ni físicamente. Ni de ninguna manera. No quieres tener a una persona para ti, lo cual sí sería posesivo. Quieres compartir algo con una persona, quieres tener complicidad y amor con ella, porque crees en esos sentimientos, porque sabes que son bonitos, que es una interacción constructiva y que no hay intención dañina por ninguna parte. Es decir, quieres construir y crear, simpatizar y vivir experiencias. ¿Por qué una relación entre personas debería ser negativamente limitadora?  De la misma manera pudiera pasar con una amistad. Solo quieres compartir sentimientos y experiencias con una persona. Y no se da una relación de suma cero: podríais seguir compartiendo tú y ella mil y una experiencias más del tipo que queráis con quien queráis. ¿Dónde está la posesión? La vida está llena de personas que son compañeras, que a veces se acercan más o menos, que son más cómplices o no tanto. Las relaciones y las sensaciones varían. Pero nosotras siempre somos libres y responsables de nuestras decisiones, por mucho que alguien se acerque, es una ilusión el “fusionamiento” de dos vidas sin que exista un consentimiento por parte de ambas partes.
Pese a ello, es muy difícil  controlar, canalizar, cambiar todo esto. Cómo disfrutar del placer de conocer a alguien con la incertidumbre de no saber cuándo vendrá o si no vendrá jamás. Cómo sentir a esa persona como una compañera sin que nuestras vidas se fusionen. Cómo vivir una pasión como un fin en sí misma, desde una perspectiva de libertad y amor sano.
Algo claro es que para ello hay que erradicar al patriarcado, matar las actitudes sexistas, acabar con la violencia en las relaciones personales. La sumisión no ha de tener lugar en nuestras vidas. Ningún consentimiento, ninguna violación más. Pero ahora, al menos en mi vida real, estas ilusiones parecen más un mito que el propio amor romántico. Sin embargo, no dejaré que así sea. Hoy siento que debo cambiar, poco a poco, ir abriendo ese caparazón y llevar a mi entorno más personal estas ideas que tanto defiendo. Ante cada intento de agresión decir basta, cada sentimiento negativo expresarlo, cada emoción compartirla. Esta es una lucha que no es fácil,  una guerra que no acabará hasta cuando lo que nos una no sea la obediencia, sino el amor.
Para reconstruirnos desde un amor sincero y sano, en esta lucha, en este camino, en esta deconstrucción de los mitos que nos someten, la empatía tiene un papel muy importante. La empatía es esencial para vivir de manera sana una relación con otra persona. Y quizá sea más fácil explicar nuestros sentimientos hacia los comportamientos de otra persona si ésta nos explica su motivación, su intención. ¿Cuál ha sido la actitud de cada una, qué ha pasado realmente cuando se da un conflicto interpersonal? Porque perfectamente una misma puede ser artífice de una violación, sin percibirlo. De ahí la importancia de compartir. Desde el entendimiento y respeto mutuos eso sí. Si no hay igualdad de condiciones no puede darse la complicidad.
En definitiva, nos rodean las contradiciones, pero lo importante es que no nos opriman sino que nos hagan crear colectivamente, que nos hagan construir el mundo en el que queremos vivir. Por eso, hoy me gustaría poder decir me quiero, te quiero, os quiero, nos quiero…libres. Y vivir en consecuencia.



 Escrito por Laura y Clara.